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sábado, 18 de mayo de 2019

50 años del Apolo XI: la huella que dejó la Luna en los hombres

“¿Y ahora qué? ¿Qué hace una persona cuando ha logrado el sueño de su carrera? ¿Qué hace un hombre a los 39 años tras haber caminado sobre la Luna?”. Estas cuestiones abrumaban la mente del segundo hombre que pisó nuestro satélite, Edwin “Buzz” Aldrin, tras regresar de su histórica odisea.

La honestidad de Aldrin, sus luces y sus sombras, y la angustia existencial poslunar que encierran estas preguntas se compilan en la autobiografía “Magnífica Desolación”. Su título corresponde a los términos exactos con los que el astronauta estadounidense definió el paraje lunar aquel 20 de julio del 1969, cuando el Eagle hundió sus patas en la polvorienta superficie del Mar de la Tranquilidad.

De los tres astronautas embarcados en la misión Apolo XI, solo Armstrong y Aldrin pisaron la Luna, mientras su compañero Collins vagaba indefinidamente por la órbita del satélite en la nave Columbia.

Armstrong, comandante de la misión, fue el primero en descender la escalinata del Eagle para, acto seguido, sellar en el imaginario colectivo la frase “un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad”.

Para Aldrin, ente competitivo por deformación profesional militar, siempre fue una losa ser recordado como “el segundo” hombre que pisó nuestro satélite.

La falta de capacidad de “Buzz” para asimilar su regreso a la Tierra, la desatención psicológica del Gobierno de Estados Unidos y unos antecedentes familiares truculentos, provocaron en este astronauta su hundimiento en un alcoholismo depresivo que destrozó su matrimonio, su economía y su salud. Él había dejado su huella en la Luna y la Luna había dejado huella en él.

Su madre, cuyo nombre era curiosamente Marion Moon (”Luna”), se había suicidado en 1968. Su abuelo también se había suicidado años atrás y Aldrin siempre asumió su depresión como una herencia genética inevitable.

Regresó a la Tierra como quien despierta de un sueño para volver a la realidad. Solo fue capaz de asimilar su vieja nueva vida recurriendo al alcohol, lo que le sumió en continuos episodios depresivos.

En la década de los años 70, tras volver a la Fuerzas Aérea de EEUU y formar parte de varios proyectos de investigación aeroespacial, trató de mantener su economía vendiendo automóviles Cadillacs en Beverly Hills. Se divorció de su primera esposa después de casi 20 años de matrimonio, y recurrió al alcohol siempre que las cosas no iban como esperaba.

Durante esa década se materializaron las consecuencias de sus excesos: las organizaciones para las que trabajaba como consultor dejaron de confiar en él, rompió con su segunda esposa, tuvo un accidente de coche y fue arrestado por conducir ebrio.

“Regresar a la Tierra fue demasiado estimulante. Era una especie de celebridad sobre un pedestal”, declaró a en una entrevista a la revista Time.

Finalmente, decidió enfrentarse a su depresión, su alcoholismo y sus traumas recurriendo a un equipo de psiquiatras que le ayudaron a poner los pies en la Tierra de forma definitiva.

En las reuniones de Alcohólicos Anónimos se concienció de que no todo le iba salir bien en la vida. No era un héroe como le habían hecho creer tras su aventura en el Apolo XI, sino un ser humano con los mismos problemas que sus compañeros de adicción.

Dejó de beber definitivamente en 1978, y su vida se estabilizó. Se volvió casar y comenzó a desarrollar varios proyectos aeroespaciales con el fin de alentar a los gobiernos y a la NASA a no abandonar la investigación espacial y seguir viajando a la Luna y Marte.

Con este propósito ideó el proyecto Aldrin Cycler, una nave con capacidad para 50 astronautas que funcionaría como transporte periódico entre la Tierra y Marte, pero la NASA nunca llegó a concretar la idea de Aldrin.

Su último episodio escabroso tuvo que ver con la extendida creencia de que la misión Apolo XI fue todo un montaje. En 2002, el cineasta Bart Sibrel, conocido defensor y promulgador de esta hipótesis, se acercó inquisitivamente a Aldrin en un hotel para instarle a reconocer la teoría del montaje.

Tras aguantar estoico ante las insistentes preguntas de Sibrel, el astronauta se terminó hartando y le propinó un puñetazo en la mandíbula, zanjando así el encontronazo.

La vida de Michael Collins, piloto de la misión Apolo XI, podría definirse como la antítesis de Aldrin.

Recordado como el hombre que se quedó pululando por la órbita lunar mientras sus compañeros completaban uno de los mayores hitos de la historia de la humanidad, muchos lo habrían asimilado con impotencia, como “nadar para morir en la orilla”.

Sin embargo, Collins siempre se sintió afortunado por su proeza, siempre valoró su función en la misión y lo que hizo y nunca le atormentó lo que dejó de hacer.

En una entrevista concedida al diario argentino La Nación comentó algunos años después: “Siempre me consideré afortunado, alguien a quien dieron la oportunidad justa en el momento justo. Había treinta astronautas esperando para ocupar mi asiento pero me eligieron a mí ¿Crees que además necesito caminar sobre la Luna para sentirme feliz?”.

La vida de Collins tras la misión nada tiene que ver con la intensa historia de Aldrin, más bien fue todo lo normal que puede ser una vida después de haber estado a más de 300,000 kilómetros de la Tierra.

El piloto del Columbia se mantuvo alejado de los focos y, a pesar de su relevancia histórica, siempre llevó una vida discreta. A diferencia de sus dos compañeros de expedición que terminaron divorciándose, Collins sigue casado con su mujer, Patricia, desde 1958, con la que tuvo tres hijos.

Su figura, y el hecho de haber estado solo en la nave Columbia mientras sus compañeros paseaban por la Luna durante 21 horas y 31 minutos, no ha pasado inadvertido en el mundo de la música.

Varios grupos han recurrido a Collins durante las últimas décadas para personificar cierto sentimiento de impotencia y soledad.

En 1970 el grupo de rock inglés Jethro Tull lanzó en el disco “Benefit” que incluía la canción “For Michael Collins, Jeffrey and Me”, en la que el cantante Ian Anderson comparaba sus sentimientos de inadaptación y los del bajista de la banda Jeffrey Hammond, con los que entendía que tuvo que sufrir Michael Collins durante el alunizaje de sus compañeros.

Anderson canta en ese tema: “No me quito de la cabeza que me he quedado atrás cuando debería estar ahí, caminando con vosotros”.

La figura de Collins sigue siendo recurrente para la música en los últimos años. La banda The Boy Least Likely To lanzó, en 2013, la canción “Michael Collins”, que equipara el sentimiento de soledad del astronauta, aislado de todo, con la soledad del individuo en la sociedad actual.

Más recientemente, en 2017, el artista de folk americano John Craigie publicó “Michael Collins”, una canción biográfica en la que se narra, de forma condensada, la vida del astronauta y su experiencia en el Apolo XI con frases tan representativas como: “A veces acaparas la fama/ . a veces te sientas detrás del escenario /.Pero si no fuera por mí los chicos todavía estarían allí”.

A su vez, la poca notoriedad de Michael Collins contrasta con la fama de Neil Armstrong, el primer hombre que pisó la Luna. Sin embargo, esta conversión de humano a figura histórica nunca fue del agrado del astronauta.

El inevitable reconocimiento y consecuente ensalzamiento de su figura le convirtió en un símbolo de la nación estadounidense. Él optó por alejarse de todo aquello y retomar su condición humana, ejerciendo como profesor en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Cincinnati.

Su carácter introvertido le hizo detestar ser una celebridad, más aún teniendo en cuenta las situaciones que esta le generaba.

“No es que lleve mal la fama, es que considero que no la merezco” dijo en una entrevista a la web CNET News.

Tuvo que demandar a su propio barbero, en 2005, tras conocer que había vendido un mechón de su pelo por 2.600 dólares. Era el reclamo principal de las convenciones espaciales a las que asistía, y le abrumaba el simple hecho de que la gente le pidiera un autógrafo o una foto.

Siempre se mantuvo distante con los medios y apenas concedió entrevistas que testimoniaran qué supuso para él convertirse en el primer hombre que pisó la Luna.

De los tres integrantes de la expedición Apolo XI, Armstrong es el único que no sigue con vida. En 2012, tras una cirugía en la que se le colocó un “bypass” vascular, su estado de salud fue empeorando progresivamente hasta fallecer solo tres semanas después de la intervención.

La misión Apolo XI fue un hito sin precedentes y, sus protagonistas, Armstrong, Aldrin y Collins, se convirtieron en héroes dignos de epopeya griega. Sin embargo, no fue sencillo sobrellevar esa condición impuesta de superhombres.

Armstrong, el gran nombre de los tres hombres, nunca supo lidiar con su popularidad e importancia histórica. “Buzz” Aldrin, el hombre que le dio nombre al astronauta más famoso de la gran pantalla, Buzz Lightyear, se sumergió en un alcoholismo galopante que a punto estuvo de arruinar su vida por completo. Y Collins, el nombre ignorado por la historia, el único que podía haber digerido la experiencia del Apolo XI como algo frustrante; por paradójico que resulte, fue también el único que supo asimilar y valorar haber formado parte de un hito memorable.

Los tres astronautas consumaron una hazaña histórica, dejaron la huella de la humanidad en la Luna; lo que la historia ignora es que, la Luna, también dejó su huella en estos tres hombres.

Por Miguel Á. Hernández Morán.



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