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miércoles, 8 de septiembre de 2021

Dominicanos residentes en NY recuerdan los atentados del 11-S

El reloj había marcado las ocho de la mañana del 11 de septiembre del 2001, cuando Belkis Ravelo, una maestra dominicana en la ciudad de Nueva York, se dirigía a una entrevista de trabajo en la escuela PS187 en Washington Heights, cuando de repente, el taxista que la transportaba le comenta sobre el choque del avión con la primera torre.

“Ese día fue martes, yo iba en un taxi y cuando llevábamos unos cinco minutos de recorrido el señor me dice ‘oye, una avioneta se estrayó contra el World Trade Center’. Cuando llegamos a la escuela donde yo iba a ser entrevistada, en ese momento se estrelló el segundo”, recordó la señora Ravelo, que lleva más de 45 años viviendo en Manhattan Valley.

Tras cancelarse la entrevista que tenía programada, Belkis recuerda que el cielo se tornó negro, y que a pesar de la distancia entre Washington Heights y la Zona Cero, el humo y el caos reinaban como si estuviera en el epicentro de los hechos.

“Tuve que caminar a pie casi todo el día para poder llegar a mi casa. Estaba agotada, tenía los pies hinchados, las guaguas no pasaban, los taxis que había no se detenían a recoger a nadie, y en toda persona que me encontraba en el camino, se veía en su rostro la sensación de miedo y de angustia”, afirmó la dominicana.

Expresó que cuando por fin logró llegar a su casa pudo encender el televisor, y que en ese instante fue cuando el miedo y la frustración la embargaron, pues fue cuando se dio cuenta de que un ataque terrorista había azotado la ciudad.

“Realmente ahí fue cuando caí en cuenta de la magnitud de lo que estaba sucediendo, escuchaba los gritos de mis vecinos que no daban con el paradero de sus familiares, la electricidad de fue, y los supermercados cerraron como por una semana, la ciudad estaba sumergida en pánico, es tan difícil recordarlo”, dijo.

Belkis resalta que los días posteriores al atentado fueron todavía más difíciles, pues las informaciones que iban llegando fueron muy perturbadoras para ella.

“Fue tan difícil, sentarse a escuchar en la televisión los nombres de los cuerpos que iban encontrando en los escombros día tras día, porque yo escuchaba atentamente a ver si conocía a alguno de los fallecidos, fue un golpe bajo y muy duro para todo aquel que vivía en Nueva York en ese momento”.

Belkis es una de las fundadoras de Dominican Sunday, una organización sin fines de lucro que lleva 25 años de servicio en la ciudad de Nueva York, y que acogió a los familiares de las víctimas dominicanas de los atentados del 11 de septiembre.

Expresó lo duro que fue reponerse, pues dos meses después otro accidente de avión acabó con la vida de cientos de dominicanos.

“Es que no te lo puedo explicar, fue como otra cuchillada en el pecho, que cuando parecía que ya teníamos un poquito de calma, un accidente aéreo acaba con la vida de todos esos dominicanos, eso fue devastador, ahí sí pensé que jamás nos íbamos a recuperar de aquel golpe, yo duré más de un año para poder viajar de nuevo. Miedo y dolor, todo se resume en eso”, indicó.

Otra dominicana que mantiene vivos los recuerdos de aquel 11 de septiembre es Leila Arbaje, una empleada del hospital de Harlem, que creía que había perdido a su hijo en el atentado.

“Mi hijo trabajaba cerca muy cerca de la zona cero, y me pasé todo el día tratando de comunicarme con él y las llamadas no entraban. Cuando escuché que la puerta de la casa se abrió, ya casi entrada la noche, me volvió el alma al cuerpo, y corriendo me acerqué y lo abracé”, narró.

Ella recuerda perfectamente cómo ocurrieron los hechos: “Yo estaba en mi oficina y teníamos un televisor pequeño cuando comenzaron a pasar las imágenes de las Torres quemándose. Yo estaba bastante lejos, en la calle 135 y Lennox, y eso fue en Downtown, y miro por la ventana a ver qué está pasando, y veía mucha gente afuera, y pregunto qué está pasando y me dicen: ‘un atentado a las Torres Gemelas’, ‘Nueva York se está quemando, oye, pánico’”, recordó.

Leila asegura que los días posteriores también fueron complicados, y recuerda que había un olor muy peculiar, que se sentía en todas las esquinas.

“Ese día fue terrible, pero todos los días consecutivos, fueron todavía peores, porque tus sentías el olor de los escombros, de la gente que ya estaba debajo de ellos, cada día te enterabas de quién más murió, quien fue a trabajar, quién no llegó, y ese olor en la ciudad que sentía todo neoyorquino que estuvo allá en esa época”, dijo.



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